La película gira entorno a la vida de Walter, un gran hombre de negocios que sufre una profunda depresión y es totalmente incapaz de salir de ella. Su mujer, viendo como su marido se derrumba por completo y no levanta cabeza, se ve obligada a cuidar tanto de sus hijos, como de él. Los hijos de ambos, ven como su padre ya no es el mismo, uno lo echa de menos y otro desarrolla una obsesión con cada rasgo que le identifica con el ausente de su progenitor (peculiaridad que también sufrió su padre, irónicamente).
Esto provoca que una familia que antes estaba unida, ahora se vea en una difícil situación que la desarmará por completo. La locura y desesperación se apoderarán de ellos y es posible que ya nada les mantenga unidos, pues cada esperanza que nace, muere y renace para volver a morir cada instante.
Es sin duda una de las más duras representaciones que he visto nunca.
Cierto es que soy de lágrima fácil, pero creo que aunque me fuera la vida en ello, me sería difícil encontrar a alguien que no se conmoviera lo más mínimo con cada sentimiento cruzado del protagonista, con cada entrecejo fruncido por el dolor que siente su mujer, con cada sonrisa del pequeño al ver a su padre, o con cada cabezazo del mayor.
Se trata de una historia realmente radical y perturbadora, pero nada más lejos de la realidad, habla de un trastorno muy común en los años en los que vivimos. No es algo fácil de curar, ni de llevar. Es cada mirada perdida, las lágrimas que se derraman y el dolor que puede llegar a sentir la gente que vive alrededor de un depresivo por la impotencia que se crea.
La poca solidaridad, nada de entendimiento y toda la fuerza que realmente llega a mostrar Walter, una persona que hará lo posible por luchar por aquellos a los que ama, es lo que mueve la película.