Domingos por la tarde.

Ella se acostó un día queriendo cambiar su vida. No sentía que fuera la misma persona de antes y por fin estaba dispuesta a cambiar de verdad, en todos los aspectos. No quedaba apenas nada que la gustara. Se miró al espejo tras incorporarse, con el cabello revuelto y de punta. Estaba tan a disgusto que por poco comienza a llorar de nuevo, pero no la quedaban lágrimas del día y la noche anterior.

Tras debatirse entre las sábanas y el desayuno, se duchó.

No había muchas cosas que quisiera salvar de su entorno, pero tenía claro que cargaría con todo el ron y café que pudiera. Aunque para nada hubiera pensado que las personas que habían sido más importantes a lo largo de su vida, no fueran a caber en su carro ahora. Personas que se suponía, la conocían mejor que nadie.

Las pocas jerarquías que había formado, se la derrumbaron por completo. Su continua inseguridad la hizo plantearse desde cualquier piropo recibido en los últimos meses, hasta las más profundas amistades.

El ejemplo eran un par de chicos. Dos polos totalmente opuestos. A uno lo conocía desde hacía más de tres años, al otro algo más de medio, pero con muy pocas vistas físicas. Había compartido tantas experiencias con el primero, que descubrir que el segundo la conocía mejor, la dolía como la peor puñalada entre dos grandes, ahora, conocidos.

No se trataba del hecho de haber dudado de las intenciones del segundo muchacho. Porque las apariencias a veces engañan y podría ser pura pena. Pena mala, claro. Pero quería rechazar la idea de que se apiadara de sus ojos jóvenes, indefensos e ingenuos, aunque aún así la bola se iba abriendo paso sola. Imparable. Como con vida propia. No, era el conjunto de ambos lo que la desquiciaba.

En el fondo ella lo sabía, pero sólo una buena ducha podría aclarar la mente que se había turbado durante una noche entera.

Cuando retiró la mampara y salió de la ducha, se miró de nuevo en el espejo. Sus pestañas mojadas le parecían atractivas, y pensó que al menos, tenía una cosa agradable. Instintivamente, se acercó un poco más al cristal. Quería verse bien cada defecto. "Mira esas ojeras, y qué cantidad de imperfecciones. No puedes pretender que te miren con deseo..." Suspiró tan fuerte que sintió cómo se vaciaba por dentro.

- Miaaaau!

- Mierda, que susto!!!

El gato salió corriendo del baño por el respingo, pero volvió a asomarse al ritmo de un "tis tis tis". Disgustada por haberle asustado, lo cogió entre sus brazos y se sentó en las frías baldosas del cuarto. Allí sentada, acariciándolo con delicadeza, lo escuchó ronronear.

Sentía el calor que desprendía el animal y esa sensación le gustaba tanto que un nuevo mar de lágrimas brotó de la nada. Pensaba que, después de todo, no se merecía aquella simple confianza que depositaba su mascota en ella. Pensaba que, después de todo, si se la daba era porque se la había ganado.

Parecía que había comprendido algo. Todo por lo que había luchado, a lo que había renunciado, todo. Ella había sido fiel a sus sentimientos siempre, no engañó a nadie y no tenía porqué sentirse culpable por ello. Al contrario.

Entonces lo achuchó con todas sus fuerzas agradeciéndole cada momento, y el pobre animal quiso escapar antes de morir asfixiado. Saltó de un brinco de entre su regazo, y a un palmo de ella mauyó, mirándola de lado y moviendo la cola suavemente.

Fue la primera sonrisa que soltó esa mañana. La primera de tantas.