En el patio, hablando por teléfono, pienso en el transcurso de los minutos.
No me da miedo perder el tiempo, no siento que se me escape el momento.
Me preguntaron si quería hablar, y llamé aún sintiendo el pavor de no tener de qué. Sentía que silencios incómodos podrían fastidiar aquello, tenía pánico a que no llegara a ser lo que se espera de ello... El problema es que todo fue como la seda. Desde el principio fue como si ese tipo de cosas fueran algo natural. Arriba y abajo, sin parar de balancear mis piernas en ningún momento. Atónita por el recorrido de la conversación; envelesada con cada aspiración.
Ahora pienso en el significado de mi propio recorrido. Eso sí me da miedo.
Me pregunto si podrían existir las citas vía telefónica... Y si es así, que significado tendrían. Me mata el poder del doble sentido, son todas las indecisiones que crean lo que no soporto. Es por la poca claridad, que me aburre a pesar de que me cuesta horrores sincerarme.
No he decidido muchas cosas importantes a lo largo de mi vida.
De hecho, las que me han marcado han llegado por no pensarlas lo suficiente.
He decidido cambiar eso.
Voy a pasarme un año entero descubriéndome.
Este, es el fin de mi transición.