Recorría las calles de la ciudad con un pinta bajo la manga, escondido pero preparado para desencapucharse y pintar todo cuando se le interpusiera en su camino. Así lo llamaban en su antiguo grupo: pinta. La encantaba. Sonaba tan ridículo que sólo podía sonreír al pronunciarlo. Adoraba la cara de la gente cuando no entendía a qué se refería con aquello. Su jerga.
A veces iba con los cascos puestos, con la música a todo trapo para sumergirse y no poder escuchar nada más. Entonces se paraba a inventar. Con cada paso que daba veía cómo la música podía enlazarse con el peatón de la acera de enfrente, daba igual quién fuera, su ritmo era el mismo que el del compás.
Después bajaba la cabeza con una medio sonrisa pero más que satisfecha por el resultado de aquel experimento que tanto la levantaba el ánimo. Era la misma sensación de vida que podría experimentar alguien que se tumba y mira las nubes pasar, como quien contempla atónito las estrellas. La volvía loca levantar la cabeza y ver aquel azul, de día, de noche, lloviendo, nevando, los rayos del sol... Y llegó la nostalgia.
El verano se había acabado. Resultó ser un verano largo y aburrido, un verano perdido. Había tomado muchas decisiones, unas malas, otras peores. Pero lo único que quería era no llegar a casa esa tarde. Quería seguir caminando con sus nuevas botas beige incluso toda la noche.
La verdad es que la apetecía que lloviese. Necesitaba una buena dosis de contacto con el mundo exterior, ese que buscaba al caminar con los cascos puestos. Autista, ajena a todo, pendiente de nada.
Sonaba una canción de los chicos que vivían detrás de su casa, no sabría decir cuál, pero la hizo llegar a su auge apoteósico. Enfrascada en su momento, sin preocuparle la señora que la seguía de cerca, los niños de enfrente, ni los coches de la carretera, empezó a correr. No dejaba de sonreír como una niña tonta con botas nuevas. Se subió de golpe a un banco, y gritó. Gritó. Gritó en medio de la calle como nunca se había atrevido a hacer, como nunca hubiese deseado. Entonces esa sonrisa se transformó.
Con la boca aún entreabierta y la sonrisa sin terminar de desaparecer, cuatro gotas competían por llegar antes que ninguna hasta la barbilla. Pero su encuentro fortuito no fue todo lo romántico que podría haber llegado a ser. La señora que caminaba con el carrito de la compra de la mano, la miró con aires de desesperación. No paraba de mascullar, y los osados niños no dejaban de reír como lo que ciertamente eran.
Simplemente no había pensado que haría después de haber llegado a ese punto. Así que decidió girarse hacia los niños y guiñarles un ojo, que corrieron como pícaros a esconderse. Estaba un poco avergonzada, pero se sentía bien. Bien, todo iba bien.
Quiso parar un rato, la carrera la había llevado más lejos de lo planeado en el tiempo que había estimado para llegar a su hogar. Así que se sentó en el mismo banco. Suspiró fuertemente y se reclinó hacia atrás.
Uno, dos, tres... Cuatro pájaros la seducían desde las copas de los árboles de enfrente. Cuánto los envidiaba. A cualquier animal. A ellos sí les iba bien. Seres estables y sin complicaciones. ¡Qué rabia la daba tener capacidad para darse cuenta de lo inútil que podía llegar a ser!
Suspiró de nuevo incorporándose un poco. Echó un ojo a la calle para comprobar que su amiga, la mujer que camina tras de sí antes, no alcanzaría a verla ya. Se arremangó, escribió algo en el banco, y se fue donde cuatro paredes la recogerían del frío, robándole cada sensación que no paraba de buscar en cada rincón de cualquier calle. De cualquiera donde hubiese una hoja, por ejemplo, que bailara para ella.
Con la boca aún entreabierta y la sonrisa sin terminar de desaparecer, cuatro gotas competían por llegar antes que ninguna hasta la barbilla. Pero su encuentro fortuito no fue todo lo romántico que podría haber llegado a ser. La señora que caminaba con el carrito de la compra de la mano, la miró con aires de desesperación. No paraba de mascullar, y los osados niños no dejaban de reír como lo que ciertamente eran.
Simplemente no había pensado que haría después de haber llegado a ese punto. Así que decidió girarse hacia los niños y guiñarles un ojo, que corrieron como pícaros a esconderse. Estaba un poco avergonzada, pero se sentía bien. Bien, todo iba bien.
Quiso parar un rato, la carrera la había llevado más lejos de lo planeado en el tiempo que había estimado para llegar a su hogar. Así que se sentó en el mismo banco. Suspiró fuertemente y se reclinó hacia atrás.
Uno, dos, tres... Cuatro pájaros la seducían desde las copas de los árboles de enfrente. Cuánto los envidiaba. A cualquier animal. A ellos sí les iba bien. Seres estables y sin complicaciones. ¡Qué rabia la daba tener capacidad para darse cuenta de lo inútil que podía llegar a ser!
Suspiró de nuevo incorporándose un poco. Echó un ojo a la calle para comprobar que su amiga, la mujer que camina tras de sí antes, no alcanzaría a verla ya. Se arremangó, escribió algo en el banco, y se fue donde cuatro paredes la recogerían del frío, robándole cada sensación que no paraba de buscar en cada rincón de cualquier calle. De cualquiera donde hubiese una hoja, por ejemplo, que bailara para ella.
“Pinto y me voy”