"Bienvenido a casa"

Samuel es un joven fotógrafo que empieza una nueva vida tanto laboral como sentimental. Su pareja, Eva, acaba de darle la noticia de que esperan un hijo y él, reacciona de forma caótica. Por una parte quiere ser el padre que esa criatura debería tener, pero influenciado por sus nuevos amigos de la revista en la que ahora trabaja, se encuentra en medio del pánico y la contradicción.

Perdido en ese mar de emociones, ahora sólo es cuestión de apartar cada tentación que le surge y aclarar cada pensamiento de huida. Todo ello, con la única intención de ser el mejor peor padre al lado de la mujer a la que quiere.







































Como en cada relación, Samuel y Eva tratan de superar las dificultades que su convivencia les crea, intentando que ésta no se sobreponga al amor que les dificulta la tarea de ser pareja.

Responsabilidad, madurez y compromiso...

Como madres

La familia se desvive por ti, lucha contigo por cada paso que intentas dar y te ayuda en todo lo posible. Pero cuando alguien intenta superarse por sí mismo y no tiene más que ha gente insistiendo en lo que tiene que hacer, la sensación de que no confíen por su reputación, de que piensen que por sí mismo no pueda o cualquier dolor mental que se le ocurra a cada cual, es insufrible.

Siempre se agradece la insistencia, todo el mundo es vago en mayor o menor medida y un pequeño empujón puede ser bien recibido, a no ser de que en vez de un empujón te cojan de la mano y te lleven hasta la parada del tren que tienes que ir a coger. 

Puedes llegar a sentirte un completo y absoluto paquete. 

Ya es bastante difícil cuando uno no sabe que hará en la vida, porque a la hora de elegir un camino que seguir, puedes perderte... Pero a veces es mejor equivocarse, aprender de cada tortazo que te das con la pared, y seguir adelante. Y eso es algo que la familia no entiende, porque ellos lo han pasado mal con cada porrazo y quieren hacerte el tuyo más llevadero, incluso si es posible, que no llegue. 

El problema es que tú quieres llegar a ser alguien como ellos, quieres madurar con cada pequeña o gran leche que te des, quieres vivir tu vida y sufrir cada error. Quieres crecer, llorando y riendo cada paso que des.

#Feather




















"El Castor"

La película gira entorno a la vida de Walter, un gran hombre de negocios que sufre una profunda depresión y es totalmente incapaz de salir de ella. Su mujer, viendo como su marido se derrumba por completo y no levanta cabeza, se ve obligada a cuidar tanto de sus hijos, como de él. Los hijos de ambos, ven como su padre ya no es el mismo, uno lo echa de menos y otro desarrolla una obsesión con cada rasgo que le identifica con el ausente de su progenitor (peculiaridad que también sufrió su padre, irónicamente). 

Esto provoca que una familia que antes estaba unida, ahora se vea en una difícil situación que la desarmará por completo. La locura y desesperación se apoderarán de ellos y es posible que ya nada les mantenga unidos, pues cada esperanza que nace, muere y renace para volver a morir cada instante.

Es sin duda una de las más duras representaciones que he visto nunca.

Cierto es que soy de lágrima fácil, pero creo que aunque me fuera la vida en ello, me sería difícil encontrar a alguien que no se conmoviera lo más mínimo con cada sentimiento cruzado del protagonista, con cada entrecejo fruncido por el dolor que siente su mujer, con cada sonrisa del pequeño al ver a su padre, o con cada cabezazo del mayor. 

Se trata de una historia realmente radical y perturbadora, pero nada más lejos de la realidad, habla de un trastorno muy común en los años en los que vivimos. No es algo fácil de curar, ni de llevar. Es cada mirada perdida, las lágrimas que se derraman y el dolor que puede llegar a sentir la gente que vive alrededor de un depresivo por la impotencia que se crea.

La poca solidaridad, nada de entendimiento y toda la fuerza que realmente llega a mostrar Walter, una persona que hará lo posible por luchar por aquellos a los que ama, es lo que mueve la película. 

Domingos por la tarde.

Ella se acostó un día queriendo cambiar su vida. No sentía que fuera la misma persona de antes y por fin estaba dispuesta a cambiar de verdad, en todos los aspectos. No quedaba apenas nada que la gustara. Se miró al espejo tras incorporarse, con el cabello revuelto y de punta. Estaba tan a disgusto que por poco comienza a llorar de nuevo, pero no la quedaban lágrimas del día y la noche anterior.

Tras debatirse entre las sábanas y el desayuno, se duchó.

No había muchas cosas que quisiera salvar de su entorno, pero tenía claro que cargaría con todo el ron y café que pudiera. Aunque para nada hubiera pensado que las personas que habían sido más importantes a lo largo de su vida, no fueran a caber en su carro ahora. Personas que se suponía, la conocían mejor que nadie.

Las pocas jerarquías que había formado, se la derrumbaron por completo. Su continua inseguridad la hizo plantearse desde cualquier piropo recibido en los últimos meses, hasta las más profundas amistades.

El ejemplo eran un par de chicos. Dos polos totalmente opuestos. A uno lo conocía desde hacía más de tres años, al otro algo más de medio, pero con muy pocas vistas físicas. Había compartido tantas experiencias con el primero, que descubrir que el segundo la conocía mejor, la dolía como la peor puñalada entre dos grandes, ahora, conocidos.

No se trataba del hecho de haber dudado de las intenciones del segundo muchacho. Porque las apariencias a veces engañan y podría ser pura pena. Pena mala, claro. Pero quería rechazar la idea de que se apiadara de sus ojos jóvenes, indefensos e ingenuos, aunque aún así la bola se iba abriendo paso sola. Imparable. Como con vida propia. No, era el conjunto de ambos lo que la desquiciaba.

En el fondo ella lo sabía, pero sólo una buena ducha podría aclarar la mente que se había turbado durante una noche entera.

Cuando retiró la mampara y salió de la ducha, se miró de nuevo en el espejo. Sus pestañas mojadas le parecían atractivas, y pensó que al menos, tenía una cosa agradable. Instintivamente, se acercó un poco más al cristal. Quería verse bien cada defecto. "Mira esas ojeras, y qué cantidad de imperfecciones. No puedes pretender que te miren con deseo..." Suspiró tan fuerte que sintió cómo se vaciaba por dentro.

- Miaaaau!

- Mierda, que susto!!!

El gato salió corriendo del baño por el respingo, pero volvió a asomarse al ritmo de un "tis tis tis". Disgustada por haberle asustado, lo cogió entre sus brazos y se sentó en las frías baldosas del cuarto. Allí sentada, acariciándolo con delicadeza, lo escuchó ronronear.

Sentía el calor que desprendía el animal y esa sensación le gustaba tanto que un nuevo mar de lágrimas brotó de la nada. Pensaba que, después de todo, no se merecía aquella simple confianza que depositaba su mascota en ella. Pensaba que, después de todo, si se la daba era porque se la había ganado.

Parecía que había comprendido algo. Todo por lo que había luchado, a lo que había renunciado, todo. Ella había sido fiel a sus sentimientos siempre, no engañó a nadie y no tenía porqué sentirse culpable por ello. Al contrario.

Entonces lo achuchó con todas sus fuerzas agradeciéndole cada momento, y el pobre animal quiso escapar antes de morir asfixiado. Saltó de un brinco de entre su regazo, y a un palmo de ella mauyó, mirándola de lado y moviendo la cola suavemente.

Fue la primera sonrisa que soltó esa mañana. La primera de tantas.